Sin duda, evolucionar constituye una infidelidad... a los demás, al pasado, a las antiguas opiniones de uno mismo.
Hanif Kureishi
Pensar es cambiar de ideas
Connie Palmen
“El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos”. Pero ¿la edad nos condena a la nostalgia de los “buenos viejos tiempos”? ¿No hay otro futuro que el de la letanía por las intensidades perdidas? Creemos que éste no es un destino inevitable. Que no todo tiempo pasado fue mejor. Que las nieves del tiempo pueden platearnos la sien pero no nos obligan a la nostalgia de las utopías. Los conocidos juegos de la ilusión y la desilusión, de la añoranza del pasado y el desprecio del presente, no son los únicos posibles y, sin lugar a dudas, no son los que elegimos.
Pertenecemos a una generación que no sólo creyó en la revolución sino que se involucró y decidió "ponerla en marcha". Todos hemos aceptado en mayor o menor grado que ese proyecto ha fracasado: algunos aún siguen pensando que fue sólo una batalla perdida en el camino hacia la victoria final. Otros (la mayoría) han abandonado ese camino pero suspiran aún por “el paraíso perdido” y añoran el tiempo en que las utopías y los ideales daban sentido a sus vidas. Es esa nostalgia la que se vuelve un obstáculo, muchas veces insalvable, para pensar tanto nuestra historia como nuestro presente.
Añoramos la intensidad de los setenta, la juventud, la belleza, la rebeldía. Desearíamos volver a tener esa "razón de ser" perdida y la fuerza para imponerla. Hay un dicho español que lo expresa de forma más que elocuente: "¡Contra Franco, éramos más jóvenes!".
Nada tenemos contra la nostalgia por sí misma; sí cuando se vuelve un obstáculo para pensar. Cuando la nostalgia es el afecto principal que mueve nuestra reflexión se convierte en lo que Pichón Rivière llamaba un obstáculo epistemofílico: una traba afectiva al pensamiento. Esta dificultad para dar cuenta de la complejidad de los años setenta es particularmente notoria en la novela de Liliana Heker “El fin de la historia ”. La autora nos cuenta que “…quería contar la historia de una mujer persiguiendo hasta el final nuestro sueño de un mundo del que no tuviéramos que avergonzarnos. Era, no sé, era el homenaje a una generación que alcanzó a escuchar la campana del colegio y creyó tocar el socialismo con las manos. (…) Lo tuvimos todo ¿se da cuenta? Una infancia por calles lentas y amables, un suelo que parecía sólido, y la esperanza de un mundo mejor. Demasiado para perderlo de ese modo. ”
“Lo tuvimos todo” ¡Qué bien suena! ¡Qué agradable a nuestros oídos y a nuestro corazón!. Pero ¿fue realmente así? ¿Fue la nuestra una historia de héroes y heroínas, limpia como un cristal? Nos permitimos poner en duda esta versión de la historia que la convierte más bien en una historieta. Las calles podían ser lentas pero no eran amables siempre, ni para todos. El suelo mostró una consistencia de arenas movedizas que se tragaron a buena parte de nuestra generación. Eso sí, las esperanzas resultaron mucho más sólidas que cualquier otra cosa. Sin embargo, también las esperanzas muestran opacidades y presentan fisuras. Podemos preguntarnos incluso si es tan cierto que añoramos tanto. Sin lugar a dudas extrañamos el rumor de la gesta, el entusiasmo, la excitación, la certeza, el erotismo mismo de la lucha. Pero muchas veces esa memoria de los gloriosos tiempos de los setenta se fue haciendo asfixiante. Los recuerdos nostálgicos se convirtieron, paradójicamente, en una trampa para la memoria: mientras se pone de manifiesto lo evidente que los militares fueron los verdugos efectivos que asesinaron a buena parte de una generación- suele dejarse de lado “el lado oscuro de la militancia”, que casi siempre brilla por su ausencia. Raramente escuchamos que en los discursos que reivindican la memoria se aluda al sectarismo, al verticalismo, al “manijeo”, a la arbitrariedad de las decisiones inapelables de las conducciones, que llegaron a niveles aberrantes, y tampoco a la obediencia con la que acostumbrábamos a someternos, aún cuando estuviéramos totalmente en desacuerdo. Muchos de los que dicen cultivar el recuerdo se olvidan de la exigencia de supeditar todos los aspectos de la vida a la ideología, de las sanciones que en algunos casos llegaron a ejecuciones de militantes. Pocos son los que han reflexionado sobre el papel de la disciplina, lindante con el sometimiento puro y duro, a decisiones que muchas veces produjeron desenlaces trágicos. Entre ellas, la exposición de los militantes a situaciones de altísimo riesgo, sin medir en absoluto sus consecuencias, o lo que es peor, midiéndolas y despreciándolas. Aún cuando el costo fuera nada menos que la cárcel, la tortura o la muerte de los militantes (la “contraofensiva” montonera y el ataque del ERP al cuartel Monte Chingolo, son solo algunos entre muchísimos tristes ejemplos). Hasta hace poco no era fácil encontrar recuerdos ni reflexiones sobre el dogmatismo, el vanguardismo y la soberbia que nos llevaron a creer que nuestra tarea era “concientizar” a los demás, lo que suponía, de hecho, que sólo los revolucionarios poseíamos una verdadera conciencia. Muy pocas veces se escucha decir algo respecto al culto a un heroísmo, que llegó a límites que bordearon el suicidio o la inmolación, tampoco sobre algunas exigencias a los militantes no exentas de crueldad: dejar de lado cualquier interés que no se relacionase con la revolución, distanciarse de los amigos, separarse de la pareja si no pertenecían a la misma organización, abandonar a los hijos, y resistir a la tortura indefinidamente.
No hay una sola palabra en el libro de Heker que nos recuerde algo de todo esto. La autora de “El fin de la historia” hace gala en su libro de una memoria muy desmemoriada. Utiliza para ello todos los recursos que la literatura ofrece: se presenta en su libro rebautizada como Diana Glass, para asumirse como protagonista cuando le conviene y negarlo cuando no, bajo la excusa inaceptable de que se trata de una ficción. De este modo puede decir lo que se le ocurra y, simultáneamente, negar su responsabilidad sobre lo que afirma, atribuyéndoselo al personaje de ficción. Este recurso le permite también hacer que sus otros personajes sean perfectamente reconocibles y hacerles decir o hacer lo que su imaginación le dicte, afirmando y negando simultáneamente la veracidad de lo dicho. Por mucho que la autora lo pretenda, la historia no se termina porque ella tuviera que ponerle un punto final a su libro.
Afortunadamente, la historia no terminó. Excepto para Heker, que “necesitaba una heroína, para fijar su historia como un cristal. O como un credo a pesar de todo. Cuidé esa historia por años, entiende lo que le quiero decir, la protegí de todo mal para que nada por debajo de nuestro sueño pudiera dañarla. Y un buen día me topé cara a cara con la protagonista. ¿Se imagina bien la escena? De pronto estaba allí con su sonrisa inalterable… ”
¿A quién vio Diana Glass Liliana Heker que con sólo verla el mundo se desvaneció?¿Quién era esa protagonista que había empañado el cristal de Diana Glass? ¿Cómo destruyó sus sueños más caros por el simple hecho de no haber muerto? La autora vio esfumarse sus sueños cuando se encontró cara a cara con una ex-desaparecida, una sobreviviente de la ESMA. Heker no tiene escrúpulos (ni vergüenza) en hacer afirmar a su alter ego de ficción, que la aparición con vida de una desaparecida ha arruinado la ilusión de su vida.
Aquello por lo cual luchamos durante años y años “la aparición con vida” de los desaparecidos, resulta insoportable para nuestra escritora, cuando deja de ser una mera consigna y se hace realidad. ¡Paradoja de paradojas! La sobreviviente, por el mero hecho de estar viva, termina con la historieta ilusoria que Heker llama historia: el personaje se ha rebelado, ha desertado de un destino heroico que, aunque llevaba a la muerte, era puro y sin mácula. Más aún, no solo ha sobrevivido sino que puede sonreír. Y, efectivamente, sonríe.
Si no fuera tan trágico, también nos reiríamos del título de la novela, ya que esta no narra “El fin de la historia” sino tal vez “el fin de una ilusión” o más bien su ocaso. La ilusión que supone que la historia puede, o peor aún, debe ser sólo una fiesta, se ha ido desvaneciendo, perdiendo vitalidad, pero aún hay muchos que siguen regodeándose con ella. La ilusión revolucionaria persiste, pero ya no es un motor de la acción. Sin embargo, lamentablemente, estas energías mermadas aún son más que suficientes para obturar tanto la elaboración del pasado como la construcción de nuevas formas de hacer política en el presente.
La sacralización de la memoria y el culto a los muertos ha tenido entre otros muchos efectos dañinos el de tender un manto de sospecha sobre los sobrevivientes de los campos de concentración. Bajo la acusación más o menos velada de traición, su testimonio suele ser demandado sólo en las salas de audiencia de los tribunales. Allí se usa (cuando no se abusa) de su memoria y su dolor. Fuera de esos ámbitos, su voz es pocas veces requerida. Y muchas veces, cuando lo es, en entrevistas o programas de televisión, las preguntas y los temas se abordan casi siempre desde el lugar común: que el sobreviviente relate los detalles del secuestro, de la tortura, y si es posible, con caras y voces de inmenso dolor. Claro que la tortura y el dolor existieron pero de ningún modo constituyen lo único sobre lo que pueden testimoniar los sobrevivientes. Sin embargo, no se les suele ofrecer la oportunidad de contar su experiencia más allá de la denuncia, ni se les facilita la posibilidad de hablar con hondura y sin tapujos sobre la extraordinaria complejidad de lo que se ha dado en llamar el "universo concentracionario". La imagen de la victima destrozada y los aspectos más morbosos y humillantes de la detención, aseguran una audiencia mucho mayor que la reflexión matizada. También garantizan una versión más limitada de la historia y una capacidad empobrecida para la acción y el pensamiento presentes.
La novela de Heker, así como los escandalosos dichos de Bonafini sobre Julio Lopez, son apenas algunas de las expresiones de la inquietud, de la incomodidad intrínseca que los sobrevivientes producen. Y es que tan solo con su presencia ponen en cuestión muchos de los mitos que hemos tejido sobre la historia reciente. Ana Longoni, en una entrevista a propósito de su excelente libro “Traiciones ”, ha esbozado algunas hipótesis para explicar la “inaudibilidad social” de los sobrevivientes: “Primero, hay que decir que ya desde los años 1979 y 1980, empiezan a circular testimonios en instancias internacionales de los mecanismos de tortura y los campos. Pero directamente en democracia hay una imposibilidad de reconocer en algunos ámbitos militantes la derrota contundente que les inflingió la dictadura. Esos cuerpos sobrevivientes vuelven para contar y evidenciar la derrota en carne propia. Por otra parte, se construye una dualidad fuerte entre la figura del desaparecido como héroe y como mártir y su opuesto, la figura del sobreviviente como traidor. “Si sobrevivió, algo habrá pactado, algo habrá dicho, a alguien habrá delatado”, eso es lo que se escucha y se piensa resonando y duplicando, de alguna forma, en el “por algo será” de los desaparecidos. Otra hipótesis, más coyuntural, tiene que ver con los organismos de derechos humanos, todavía en dictadura o en los primeros años de la democracia, que no reconocieron públicamente la condición militante de los desaparecidos”.
Muchas otras personas que vivieron los setenta, desde la militancia o simpatizando con ella, o que se sumaron a su leyenda a posteriori, no quieren ver aparecer a nadie que ponga en cuestión la gesta heroica, que se atreva a interrogarnos sobre el valor de las utopías, que exponga frente a nosotros los lados oscuros de esta mitología.
No obstante, los sobrevivientes que quieren hacer oír su testimonio han ido ganando con tiempo y esfuerzo una mayor posibilidad de ser escuchados. Creemos que hoy en día somos muchos también los que queremos hacer una elaboración de nuestra historia capaz de dar cuenta de la compleja vida de aquellos años, no desde una perspectiva épica o mítica sino desde una mirada abierta a múltiples entradas y aristas, las que nos gustan y las que no. Las que nos devuelven una mirada complaciente de nuestra "mejor juventud", y las que nos adentran en un territorio de oscuridad que tiñó la historia de esos años, y a nosotros mismos, nos guste o no. Queremos mirar hacia atrás con los ojos bien abiertos: Ni "juventud maravillosa" ni "idiotas útiles".
La construcción de esta memoria histórica capaz de albergar múltiples tonos y matices no se beneficia con la nostalgia de los que solo ven la luz, ni con la de los que se conectan únicamente con las sombras. Menos aún con los profetas del olvido o con el desprecio de los cínicos, que no precisan pensar nada porque dan por descontada la falta de sentido. Sabemos que son muchos los prejuicios, los afectos encontrados, los malentendidos pasados y presentes que atentan contra la tarea de reflexión. Entre ellos destaca la dificultad de pensar un pasado que le costó la vida a más de 30.000 personas, y que nos afectó a todos de formas muy diversas, pero siempre muy intensamente. El culto instituido a una memoria plana, es un obstáculo que es preciso franquear, por lo menos para quienes creemos sinceramente que honrar a los muertos o recuperar la memoria no se limita a un homenaje cada 24 de Marzo, sino que exige ser capaces de mirarnos, sin obligaciones ideológicas, ni tabúes de ningún tipo.
Pensar nunca es una tarea fácil. Aun hay heridas abiertas, prejuicios que no ceden, enfrentamientos que resurgen y otros que no tuvieron lugar pero siguen latentes. Sin embargo, pensar nos parece imprescindible para elegir la forma de vivir el presente y construir el futuro. Es por eso que hemos propuesto abrir este espacio en “Campo Grupal” (que pronto contará también con un foro de intercambio virtual).<
Queremos abrir un ámbito de diálogo que nos permita explorar críticamente este pasado. Si nos limitamos a tejer una historia en la que sólo existan héroes y mártires o la suplantamos por otra en la que hay nada más que “perejiles” y dirigentes manipuladores, eliminaremos de ella toda potencia vital, convirtiéndola en una estatua rígida que no sólo sacraliza o demoniza el pasado sino que también desvitaliza el presente. El diálogo no implica necesariamente acuerdo, ni búsqueda de consenso, ni tampoco una conversación con buenos modales y corrección política. Partimos del respeto por las diferencias sin temor al conflicto, ni a la intensidad.
Sabemos que en las luchas revolucionarias hubo tanta grandeza como mezquindad. Tuvimos ilusiones fértiles y delirantes. Mostramos tanta solidaridad como arribismo. Ejercimos el sectarismo y también el compañerismo en distintas dosis y combinaciones, que fueron configurando una trama caleidoscópica que merece ser pensada como tal. En este sentido, consideramos que no basta con una “autocrítica” que explique la derrota (que por otro lado dista mucho de haber sido realizada). Es necesario reconocer no sólo el aplastamiento de los proyectos revolucionarios de los setenta por la represión el genocidio más salvaje que conociera la historia política argentina en el siglo XX , sino su propio fracaso que va más allá de cuestiones tácticas o estratégicas. Quienes buscamos una transformación social y personal nos enfrentamos a la necesidad de reinventar el proyecto mismo: no sólo la matriz ideológica, sino también los modos de existencia en su totalidad, que incluyen las formas de organización, las prácticas específicas, las creencias, los estilos relacionales entre las personas y las instituciones, los afectos y los valores privilegiados.
No se trata sólo de una construcción intelectual, sino también (o más bien) una búsqueda de transformación de la subjetividad, de la ética y de la política que posibiliten nuevas formas de convivencia y de actuación, personal, social y política. Nos gustaría imaginar un futuro en el que todos tuvieran un “lugar en el mundo”, y en el que no se trate de reeditar ad-infinitum la misma y vieja película de siempre: la lucha despiadada para que "la tortilla se vuelva" y el poder pase de la mano derecha a la mano izquierda.
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