Revoluci贸n y muerte - Silvia Labayru y Denise Najmanovich
De:
Denise Najmanovich
24-05-2007 -
Revolución y muerte
Silvia Labayru
Denise Najmanovich
Si la única solución es la muerte, no vamos por buen camino.
“Los justos”, Albert Camus.
“Yo prefería un padre vivo que un héroe muerto”.
María Inés Roqué. Autora y directora de “Papá Iván” (documental sobre su padre Iván Roqué, dirigente Montonero asesinado)
En la nota anterior [i] narramos los fusilamientos de dos guerrilleros a manos de sus propios compañeros y nos interrogamos sobre la paradójica obediencia sin límites de los militantes de la libertad. Prometimos continuar, y aquí estamos, preguntándonos por la brújula que los guió hacia el norte dejando atrás su propia sangre derramada, y tratando de indagar qué fue lo que aportó la energía necesaria para seguir el camino señalado por el Che.
En esta búsqueda nos encontramos con una figura omnipresente en el discurso revolucionario: la muerte. Revolución o muerte; Patria o Muerte; Perón o muerte; Socialismo o muerte. Se trata sin duda de un lugar común de muchas propuestas políticas. Además de la proliferación de opciones por las cuales ofrendar la vida, nos llamó la atención esa “o” detrás de la cual está siempre -larvada o explícita- la “y”. Pues no hay revolución que prescinda de la guadaña que caerá, tarde o temprano, sobre los enemigos, y si es preciso también sobre los adversarios, los indiferentes, los tibios, los confundidos, los que dudan o simplemente están cansados. La muerte nos iguala, no solo porque nos llegará a todos, sino porque no hace distingos ideológicos: la vivan la derecha y también la izquierda, los cristianos y los ateos, los antiguos y los hombres de hoy, los falangistas en Occidente y los musulmanes en el Oriente.
La muerte no tiene buena prensa. Nadie se embandera tras ella. Se hace imprescindible la “o” para generar una alternativa que sí será elegida, pero que estará siempre en tensión con este rival portentoso. La muerte dota a la opción elegida para oponérsele de un formidable valor agregado. En este juego de contrastes, el discurso explícito (revolucionario o cualquier otro) precisará hablar el lenguaje del bien, más aún, del “bien absoluto” para justificar el sacrificio de la vida. Se hablará entonces de luchar por la salvación, la liberación, la emancipación, ya que a nadie se le ocurriría promover la desgracia para conseguir fervorosos adherentes capaces de ir hasta las últimas consecuencias en pos de su objetivo.
Todas las ideologías hablan el lenguaje del bien. Sus opositores, los que sean, se ocupan de desenmascarar las “verdaderas intenciones” que se ocultan detrás de la bondad anunciada. Los partidarios jurarán por su vida que están guiados por las “mejores intenciones”.
Nos permitimos dudar de las intenciones como motor de la acción. A diferencia de todas las concepciones racionalistas de la modernidad (características tanto del pensamiento de izquierda como de las posiciones de derecha) proponemos pensar que la ideología es la justificación racional, el discurso explícito y el modo de legitimación, pero no el motor de la acción humana.
¿Cual sería entonces el motor de la acción revolucionaria? Pensamos que lo que impulsa la acción del héroe militante es, primordialmente, el afán de gloria. Esa gloria que –en caso de triunfo- justificará su sacrificio y que, en caso de fracaso habrá dado sentido a su vida (¿o a su muerte?). Para comprender esta propuesta es preciso dejar entrar en la escena al protagonista que ha estado allí simultáneamente ausente y presente todo el tiempo: la muerte como antagonista. Así, aquel a quien el destino (o las leyes de la historia) elige para enfrentar la muerte, es el héroe.
A partir del momento en que elegimos seguir el camino del héroe, la “causa justa” legitimará todo nuestro accionar. El ansia de gloria quedará sin embargo en bambalinas, porque es un deseo absolutamente personal e “individualista”, y por lo tanto inconfesable, particularmente en el mundo de la izquierda, que pretende guiarse exclusivamente por el bien colectivo. No es la trascendencia el único móvil de la acción, también lo son el deseo de justicia y la necesidad de pertenencia a un colectivo poderoso. Todas ellas motivaciones personales que no fueron ni son reconocidas por quienes quieren presentarse como adalides del bien común. Para ellos, el primer plano de la escena política estará siempre ocupado por el bien elegido como necesario y que la vanguardia asumirá como evidente y absolutamente indiscutible. Quien no lo quiera es un reaccionario, un contrarrevolucionario, un enemigo de clase o, si se trata de un proletario (y esta es la regla más que la excepción) será porque la alienación le ha impedido acceder a la conciencia de lo que es bueno para él.
El héroe les infligirá el bien a los demás, les guste o no les guste. Frente a ese bien extraordinario todo lo demás será pequeño, trivial. El militante está embebido de esta mística heroica: una idea sacrificial del mundo. Todo debe ofrendarse en nombre de un “objetivo superior” a la vida misma, siempre expresado en con frases gloriosas, verdaderas “palabras mágicas”: mundo mejor, hombre nuevo, justicia social. Por lo general, cuanto más cerca de la muerte esté el militante héroe, mayor será su altivez y su desprecio por la vida propia y la ajena, convertidas en meros “daños colaterales” para la épica. La arrogancia ha sido una característica central de todas las vanguardias.
Desde luego que no nos oponemos a que el mundo mejore, ni apoyamos la injusticia social, ni defendemos el inmovilismo o la resignación. Parece hasta ridículo tener que aclararlo. Pero no todos coincidimos en la valoración de qué es lo mejor, ni lo justo, o qué es lo que hay que cambiar, ni cómo hacerlo. Muchas de las revoluciones realizadas estuvieron muy lejos de cumplir con los ideales de los que combatieron por ellas. Pero mientras la revolución no se materializa, mientras sean ideales, sirven perfectamente bien para justificar el camino del héroe y exigir en nombre de una perfección futura un compromiso absoluto en el presente. En palabras de Bertolt Brecht:
Hay hombres que luchan un día y son buenos.
Hay otros que luchan un año y son mejores.
Hay quienes luchan muchos años, y son muy buenos.
Pero los hay que luchan toda la vida, ésos son los imprescindibles.
Esta entrega total puede ser considerada como una inmolación en vida. Ya no hay derecho a nada que no sea “la lucha”: ésta es lo único que confiere sentido a la existencia. ¿Qué significa para Brecht esta lucha? ¿Sólo la lucha confiere sentido? ¿Acaso la vida necesita sentido? ¿Un sentido único, además, y con dirección prefijada?
No resulta fácil sostener semejantes certezas: parece que hasta el propio Brecht tuvo sus dudas, ya que, junto a las anteriores afirmaciones, también decía:
Andrea: “Qué desdichada es la tierra que no tiene Héroes”
Galileo: “No. Desdichada es la tierra que necesita Héroes”.
Bertold Brecht (Galileo Galilei)
Como bien afirma el proverbio: Los cementerios están llenos de gente que se creía imprescindible. Así de real, así de triste. Pero la vida pugna por salir. Y hasta los héroes son humanos por más que se presenten, se sueñen o se crean “hombres nuevos”, versión setentista de los “semidioses” de la antigüedad. Tienen “debilidades” como todos: pasiones, disfrutes (confesables o no), erotismo, momentos de ocio. Nosotras no sólo reivindicamos esta vulnerabilidad, sino que nos atrevemos a poner en duda tanto la necesidad como el valor del heroísmo. Lo que está en juego, creemos, es la necesidad de inventar nuevos caminos de acción, de participación y de propuestas en las que la muerte no esté siempre presente como alternativa al fracaso de un proyecto. Donde sea posible habitar y habilitar modos de convivencia más responsables y posibilitadores, en los que los medios… sean los fines. La vida no precisa de un antagonista para cobrar valor, ni necesita de justificación.
Estando secuestrada en la Esma, un día leí una frase de Antonio Machado que decía: "En caso de vida o muerte, se debe estar siempre con el más prójimo". Ese era el caso, me decía, era mi caso en esos momentos, y la frase me impresionó enormemente. La copié en un papel y la pegué en mi celda. La repetía en silencio, intuyendo el significado...dándole vueltas a la sutil y crucial diferencia entre lo que a uno le es "próximo" respecto de lo que le es realmente "prójimo"...no era aquello realmente un pensamiento, era un hecho que notaba en mí: no era sólo el deseo de sobrevivir, era algo más... me di cuenta de que dentro de mí había potencia, fuerza, alegría ir: la vida era sin duda mi prójima. Volví a escribir y a colgar esa frase en la pared, ya en libertad, y el tiempo la fue llenando de más y más contenido: me confirmaba el absurdo que sentía entonces, siendo una muerta en vida, allí en los sótanos de la Esma, con veinte años, embarazada, pletórica de energías y de deseos. El tiempo me hizo comprender que tenía todo el derecho a no haberme avergonzado nunca de estar viva, y a no haber sentido culpa alguna por ello.- Aprendí a valorar, por ejemplo, aquellos momentos en que nos reíamos en ese sótano, y descubrir que el humor, por negro que fuera (y lo era), y el amor, eran los únicos y verdaderos antídotos contra la soledad, la locura y la muerte. En la Esma y en la vida. Silvia Labayru
A veces las situaciones límites tienen el valor de mostrarnos lo que siempre ha estado allí pero no podíamos ver. La intensidad con que se manifiesta la vida en esos momentos nos deja percibir claramente que ella es la fuente misma de todo, que no precisa adjetivos que la potencien, ni objetivos que la legitimen. Las ideas justifican los deseos pero no tienen poder para promoverlos. Es por eso que la ideología es siempre “encubridora”. El marxismo no es, ni puede ser, una excepción. No hay método científico, ni de ningún otro tipo, capaz de transformar al hombre en un ser libre de pasiones (por otra parte: ¿qué clase de vida sería esa?). Creer que es posible dejar de ser humanos, abandonar el mundo ordinario para entrar en un mundo “especial”, acceder a un estatus diferente al de los demás mortales es a la vez el atractivo, la ingenuidad, y también la perversión, del camino del héroe.
En nuestro pasado reciente, la ideología orientaba parcialmente la acción. Pero la energía era aportada por el afán de trascendencia, el placer de participar de la aventura de un proyecto utópico, el protagonismo que daba la pertenencia a un colectivo que quería cambiar el mundo y que prometía un lugar en una gesta extraordinaria. Como bien sostiene Alicia Entel , existió toda una “estética de la rebeldía” que fue tan, o a veces más importante que la ideología: empezamos a militar atraídos por la poderosa estética revolucionaria: sus himnos, sus símbolos, su intensidad, sus canciones, su misterio (la sensación de clandestinidad era preciosa...hasta que se volvió oscura y angustiante). En este contexto es clave la presencia de la muerte. Ella es la que va dar el tono exasperado de intensidad, es la sal del banquete heroico. Paradójicamente, esta presencia permanente, a veces en primer plano y otras en el trasfondo, garantizaba un alto voltaje erótico a la lucha: vivíamos “a tope”, en medio de una aventura extraordinaria en la que éramos o nos sentíamos protagonistas de excepción. Nos amábamos furiosamente, como si fuera la ultima vez, y teníamos hijos “urgentes” porque podíamos morir mañana…éramos bellos y jóvenes…Tal vez esta estética, esta intensidad irrepetible esté en la base misma de la nostalgia con la que muchos recordamos aquel pasado pleno. Se recuerda el apasionamiento, y se olvida su lado oscuro.
Si en lugar de una oposición entre la revolución y la muerte, nos hubiéramos limitado a afirmar la vida en todas sus formas, habríamos perdido buena parte del glamour heroico. Al mismo tiempo, la muerte hubiera dejado de ser una referencia obligada, y esto nos hubiera permitido preguntarnos por el bien que queríamos conseguir además del mal que pretendíamos combatir. Pero esto no ocurrió, y caímos en la trampa ideológica que supone que existe un bien universalmente válido. Hoy creemos que no solo es posible sino sumamente necesario abandonar las ilusiones de un “bien absoluto”, pues sabemos que esta creencia lleva necesariamente a querer imponerlo a sangre y fuego sobre otros. Sin embargo, abandonar esta creencia, si bien exige renunciar a una ilusión, nos permite ganar la posibilidad de encontrarnos con una bondad vital, o más sencillamente aún, con “la banalidad del bien”.
Esta idea surgió al leer los trabajos de Philip Zimbardo . Este autor entrevistó a hombres y mujeres que ayudaron a los judíos durante el nazismo y también a otras personas que, en muy distintas circunstancias, auxiliaron a sus semejantes corriendo muchos riesgos. El común denominador que encontró este investigador en las historias de vida fue que todas estas personas no se veían como héroes a sí mismos. Describían sus actos como espontáneos y naturales, no los concebían como algo fuera de lo común. No intentaban ser buenos, no había un propósito ex-profeso, ni un proyecto, ni sentían que tenían que explicar, ni justificar de ninguna forma sus actos. Los militantes, por el contrario, suelen presentarse como “buenos” de profesión. La lucha por la bondad toma entonces una forma realmente encarnizada:
¡Matamos para construir un mundo
en el que nadie mate nunca más!
Kaliayev, personaje de “Los justos” de Albert Camus
Si algo desdeñábamos era la rutina del hombre común, la vida cotidiana de los “hombres normales”, a los que se menospreciábamos al mismo tiempo que pretendíamos ofrecerles (¿o imponerles?) la salvación revolucionaria. Nuestra ideología no tenía a la vida como prójimo sino como abstracción futura. El presente estaba siempre desvalorizado en todos aquellos aspectos que no estaban en relación directa con el triunfo de “la causa”. El futuro grandioso despreció la vida cotidiana, la encapsuló en una línea fija, un sendero de sacrificio marcado a fuego, en el que hasta la felicidad podía darnos vergüenza.
Soy feliz, soy un hombre feliz,
y quiero que me perdonen
por este día los muertos de mi felicidad.
Silvio Rodriguez
¿No convendría sospechar de un mundo mejor que exige pedir perdón a los muertos por la felicidad? .
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De:
21-07-2010 -
9:52
De una vez por todas vamos a exponer los hechos como fueron, no de acuerdo a la ideolog铆a o el inter茅s de cada uno. Roque fue guerrillero -se dice que uno de los mejores combatientes ya que entre sus "logros" est谩n el asesinato del general S谩nchez en Rosario y tambi茅n de Rucci -ver "Operaci贸n Traviata" de Reato- que no fue asesinado. Luego de resistir mucho tiempo el asedio de su casa por los militares se suicid贸 ingiriendo la famosa pastilla de "cianuro".