El libro “La casa de los conejos” de Laura Alcoba resulta imprescindible para todos aquellos que estén dispuestos a pensar nuestra historia reciente. A diferencia de muchos textos sobre la militancia setentista éste no cae en el lugar común de idealizar aquellos tiempos destacando únicamente la solidaridad y el compromiso con un futuro luminoso. En una turbadora narración autobiográfica, apenas tamizada por la ficción, Laura Alcoba, desde la mirada perpleja y herida de una niña, presenta con nitidez inusual las zonas oscuras de la militancia: la crueldad, la obediencia ciega y el desamparo.
Junto con el testimonio de otros hijos de militantes, esta desgarradora historia abre una perspectiva muy diferente a la que impera habitualmente en la izquierda y el progresismo, esa visión beatífica peculiarmente atiborrada de palabras rimbombantes, consignas genéricas y memorias desmemoriadas. A contramano de esta tendencia, Laura Alcoba hace hablar a la niña que fue y así nos pone en contacto con la historia viva, presentada sin maquillajes ni anestesias. Sus palabras, plenas de emoción y sentido, dan cabal cuenta del abandono, el descuido, el miedo y las absurdas exigencias de las que fue víctima cuando tenía apenas 8 años. La narración se desliza suavemente por esos territorios que su memoria evoca hasta que, en las cinco últimas páginas, en un giro abrupto del relato y del contenido del libro, termina precipitada y desesperadamente buscando traidores y refugiándose en las típicas consignas de castigo a los culpables. Consignas justas, pero que parecen estar presentes como pantallas protectoras ante lo más doloroso:la irresponsabilidad de sus padres.
En el libro se expresan dos voces que parecen no poder escucharse mutuamente, como si entre ellas mediara un abismo: la niña que nos habla del sufrimiento, de la total ausencia de protección y de las penurias afectivas que vivió como hija de militantes; y la adulta que razona en términos ideológicos que aluden exclusivamente a la culpabilidad de los militares.
¿Por qué están estas dos voces escindidas y no pueden convivir en una sola? ¿Qué impide que aquello que la autora vivió y pudocontarnos se incorpore al discurso político o al jurídico?
Dicho esto, nos urge aclarar que no estamos pensando en una incapacidad de Laura Alcoba. Nada más lejos de nuestra intención. Al contrario, lo que quisiéramos poner de relieve es la deuda del conjunto social y particularmente de la izquierda para pensar su propia responsabilidad en lo que nos sucedió.
En la gran mayoría de los casos, la avalancha de publicaciones ocurrida en las últimas décadas presenta una memoria mutilada en la que brilla por su ausencia todo aquello que Laura Alcoba dolorosamente nos hace recordar. Todos los que intentamos construir una memoria histórica capaz de presentar la complejidad de nuestras experiencias y pensamientos de aquellos tiempos, nos encontramos ante el denso silencio respecto al modo de vida real de los militantes y en especial respecto a nuestra propia contribución a la derrota. El juicio a los culpables del terrorismo de estado, además de nuestra incapacidad o falta de valentía para enfrentar las múltiples facetas de ese pasado aún presente, ha logrado opacar, y muchas veces hasta “desaparecer” cualquier pensamiento crítico respecto a nuestra participación y a nuestra responsabilidad. Reconocemos plenamente el valor de los juicios y no sólo de la boca para afuera: Silvia fue una de las primeras testigos en haber declarado y su testimonio está incluido en varias causas importantes. Sin embargo, consideramos que la cuestión clave para que el ¡Nunca Más! pueda ser algo más que una exclamación, o una expresión de deseos ingenua e ineficaz, es que podamos ser capaces de pensar en nuestra responsabilidad en primera persona, sin subterfugios ni eufemismos.
La responsabilidad y las múltiples formas de la memoria
¿Por qué es tan difícil para Laura Alcoba -y para nosotros mismos- pensar nuestra historia partiendo del reconocimiento de nuestra inevitable participación, ya sea por acción u omisión? ¿ Por qué nos resulta tan penoso admitir nuestra cuota de responsabilidad? Una primera dificultad se manifiesta cuando nos damos cuenta de que asumir una responsabilidad nunca es una cuestión teórica. Es un asunto tan vital como difícil. Porque para hacerlo es preciso dejarse afectar por una historia que desasosiega: duele pensar en la crueldad de la dirigencia y el abandono de los compañeros; duele pensarnos como asesinos (potenciales o efectivos); duele reconocer las formas perversas en que utilizamos y pusimos en peligro a los amigos y familiares; duele recordar cómo, en la cotidianidad de la militancia, muchos valores que hoy apreciamos eran radicalmente vituperados y combatidos; duele evocar el sometimiento disciplinario ante órdenes suicidas o aberrantes, y puede resultar patético rememorar las ínfulas heroicas que teníamos...todo eso que Laura Alcoba niña cuenta en su libro, pero que sin embargo aún hoy no puede pensar.
En ese contexto en el que el dolor nos hace cobardes, la autora debió hacer frente a otro obstáculo diferente, tal vez mayor aún, pues ella no fue una militante sino una niña pequeña que, de adulta, se encuentra ante la delicada situación de contar su experiencia, una experiencia en la que la que la crueldad no era algo privativo de “los otros”, sino que correspondió a sus propios padres y al “nosotros” al que pertenecían. Tal vez éste sea el lugar en que la voz se bifurca: ella puede narrar su experiencia de niña, hacerla presente, pero no puede ligarla a un pensamiento que reconozca esa crueldad. En el umbral de ese reconocimiento, las palabras se vuelven torpes, para ella y para todos; de ser instrumentos se vuelven estorbos; la gramática se enreda. La memoria parece exigir otra lengua, una lengua que no tenemos porque nuestro lenguaje adulto sigue encadenado a la ideología, a consignas, a un hipotético mundo feliz y a una mejor juventud. Nuestro pensamiento y la lengua que lo expresa sólo puede admitir la crueldad en “los otros”.
A diferencia de muchos que sostienen el carácter inefable de ciertas experiencias "límites" consideramos que el problema no está en las palabras, que no es que todo esto sea indecible: lo que impide decir, lo que bloquea la comunicación es, más bien o ante todo, la ideología que ha petrificado al pensamiento y al lenguaje en una gramática rígida que no admite las vivencias que no encajan en ella. Esto nos obliga a un trabajo simultáneo de cuestionamiento ideológico, formulación conceptual y producción lingüísticas que, además, no puede hacerse individualmente. Insistimos, no se trata de que no encontremos las palabras adecuadas, es que la cultura se resiste a los afectos y pensamientos que pueden ponerla en jaque, obstaculizandosu expresión.
Hasta el día de hoy, y han pasado más de 30 años, ninguna organización ha realizado ni siquiera una “autocrítica” amplia y rigurosa. Y no es que reclamemos una autocrítica, pues -no importa su extensión ni intención- ésta sería completamente insuficiente respecto, por ejemplo, al asesinato, aceptado y practicado por las organizaciones armadas. Tampoco alcanzaría ni serviría para entender ni perdonar la crueldad, la arbitrariedad o el abandono ampliamente practicados principalmente -aunque no sólo- en las organizaciones de la izquierda armada, ya que estos procederes no fueron meros “errores”, “equivocaciones tácticas” o “desvíos ideológicos”. Los años pasan y el volumen de lo publicado crece asombrosamente. Sin embargo las producciones colectivas y personales acerca de la experiencia militante, en toda su complejidad siguen siendo excepcionales. Poco se ha publicado sobre los modos de organización y la disciplina, los sistemas de promoción y de castigo, las exigencias aberrantes travestidas de imperativos ideológicos que abarcaban prácticamente todas las actividades cotidianas (desde los gustos musicales hasta las conductas sexuales), que imponían determinadas formas de relación y limitaban o incluso prohibían otras bajo pena de sanción o expulsión, "juicio revolucionario" mediante.
Laura Alcoba no puede llenar este vacío pues no le compete a su generación sino a la nuestra. Se trata de una responsabilidad indelegable que aún hoy la gran mayoría elude por lo que la reflexión acerca de las prácticas de la militancia de izquierda sigue siendo la gran ausente en muchos de los discursos políticos de todo signo. Los progresistas y la izquierda apuntan únicamente a culpabilizar y demonizar a los represores, la derecha a separarse de éstos y a señalar a las organizaciones guerrilleras, el "centro"...no se da por aludido. Por suerte, en los últimos tiempos, esta importante cuestión ha empezado a emerger, sobre todo -aunque no exclusivamente-, en la voz de algunos hijos de los militantes setentistas. También ocurrió una reciente y llamativa excepción al discurso angelical sobre la militancia de los setenta que fue la carta “No matarás”, de Oscar del Barcoi[i]. Fueron muchos los intelectuales que se apresuraron a responderle. Sin embargo, la gran mayoría evitó precisa y cuidadosamente el centro de interés que el artículo proponía: el de la responsabilidad personal. Entre las poquísimas y honrosas excepciones queremos destacar las respuestas de Diego Tatiánii, Cristian Ferreriii y Thomás Abrahamiv –estos dos últimos misteriosamente excluidos de la compilación editada por la Universidad de Córdoba. No nos extraña esta “desaparición”, pues cada vez que hemos intentado introducir la cuestión de la responsabilidad personal y colectiva en los sucesos de nuestro pasado reciente, la atmósfera de la conversación se torna tensa, espesa, cargada de furia soterrada. ¿Qué están insinuando? parecían preguntar, perplejos, los ojos de nuestros indignados interlocutores. ¿No es obvio que la culpa la tienen sólo los militares y algunos ideólogos de la dictadura?
De un modo u otro, los demonios toman siempre la escena: ya sea porque se acepta la teoría o porque se la rechaza. En el primer caso, se promueve una lectura de la historia que pone el foco en los militares y en las organizaciones guerrilleras demonizando a ambos bandos, al mismo tiempo que deja en la penumbra a toda la sociedad. En el segundo se elige una interpretación que considera demoníaco solamente al bando contrario, rechazando también toda asunción de responsabilidad.
La responsabilidad personal y colectiva es tal vez uno de los “desaparecidos” más importantes del discurso de la memoria. Una ausencia que el clamor de Oscar del Barco intentó, con mucha fuerza pero menos éxito, dar a conocer y que nosotras deseamos seguir pensando. Queremos comprender el porqué de ese abismo que separa las dos voces de Laura Alcoba, y sabemos que no podremos lograrlo si reducimos nuestro pensamiento a las categorías de 'ángeles' y 'demonios' de la cultura en uso porque lo que se evita siempre que aparecen las divinidades -sean buenas o malas- es la responsabilidad humana.
Indagando sobre esta cuestión nos encontramos con una reseña escrita por Hugo Bleichmarv respecto de una investigación que realizó Robert Kraftvi sobre los testimonios de 200 sobrevivientes de los campos de concentración nazis. Viendo los videos correspondientes llamó la atención de Kraft que, en determinados momentos del relato, los entrevistados perdían el hilo y comenzaban a hablar de un modo completamente diferente a cómo lo venían haciendo. Esta circunstancia le llevó a proponer la hipótesis de que existen dos formas de memoria muy diferentes: una memoria que se manifiesta como fogonazos, a través de la rememoración de experiencias muy vívidas de olores y sensaciones corporales, que tienen una gran fuerza evocativa de lo que se experimentó en los campos; otra, que se expresa como narración verbal discursiva. A la primera la denomina “memoria nuclear” y a la segunda “memoria narrativa”.
El modo de expresión de la memoria nuclear no sigue la linealidad del discurso, se pierde, tiene otro tiempo, intensidad y modo de organización. El sobreviviente, cuando recuerda de este modo, parece habitar otro territorio, el del pasado, y apenas reconoce su presente. Las evocaciones surgen bruscamente con gran intensidad emocional; nada las anuncia ni las explica. Su naturaleza es muy diferente a la de las emociones provocadas por los recuerdos que se originan en el curso habitual de la narración.
Tanto Kraft como Bleichmar interpretan estas diferencias en clave neurofisiológica y psicológica, ambas obviamente pertinentes y significativas. Pero consideramos que el “abismo” entre las dos memorias (y entre las dos voces de Laura Alcoba) tiene una dimensión social que no ha sido valorada y que nos resulta crucial. La cuestión que nos lleva a incluir lo social como particularmente relevante es que creemos que, de no hacerlo, la barreraentre las dos memorias- así como entre el individuo y la comunidad, entre la emoción y el pensamiento- seguirá siendo fatalmente insuperable. Así, al convertir esa distancia en un abismo insuperable, al hacerla indecible, al convencernos de que después de Auschwitz no puede haber poesía..., al creer y hacerle creer a las víctimas que su experiencia es inhumana, haciendo de ellas seres que no pueden - ni deben- expresar lo que saben, una vez más las condenamos a una soledad mayor aún, si cabe, que la que tenían en el campo. Mientras este nivel de la experiencia quede anulado por el filtro ideológico, el entorno intelectual y académico podrá dedicarse a aplacar las conciencias teorizando sobre el mal radical y haciéndonos sentir seguros de que vivimos en el lado bueno del reino de este mundo y que el infierno son siempre los otros. Al mismo tiempo, mientras nos limitemos a pensar la experiencia humana exclusivamente desde una mirada neurofisiológica y/o psicológica, el sobreviviente seguirá condenado al trauma o al paliativo de la terapia y la sociedad seguirá en el limbo de la irresponsabilidad.
Nosotras consideramos, en cambio, que la memoria nuclear no puede ser pensada, ni los recuerdos expresarse en palabras y contarse, porque cuando nuestra cultura pretende pensar al ser humano no se permite incorporar el absurdo. Por eso siempre le ve de un modo incompleto y se pierde el aspecto de la vida humana que tal vez más sutilmente nos constituye. Es precisamente por esta negación que hace nuestra cultura que esas experiencias inevitablemente dolorosas resultan también traumáticas, y no a la inversa. No es que el sobreviviente no quiera o no pueda narrar lo que le ha sucedido. Es que la sociedad, a pesar de sus mejores intenciones, raramente soporta compartir la intensidad y el ruido que esta memoria provoca. Por eso no sabe escuchar, ni acompaña a quien quiere realizar el esfuerzo de pensar. Ni nuestros lenguajes teóricos, ideológicos y políticos, ni nuestra gramática cotidiana están preparados para incorporar el absurdo, la paradoja, lo complejo o lo siniestro. No es que la vivencia de los campos de concentración sea “inefable",lo que ocurre es que el marco conceptual de nuestra cultura separa a cal y canto aquello que puede o no puede convertirse en experiencia y por lo tanto ser recordado, narrado y compartido.
Por eso creemos que asumir la responsabilidad personal y colectiva tal vez sea una clave que nos habilite para recordar, pensar y comprender nuestro pasado sin censuras. De este modo, podremos comenzar a derribar las barreras afectivas y conceptuales que hacen que la memoria “nuclear” y la “narrativa” funcionen desconectadas y los sentidos continúen mutilados. Si no lo hacemos, nuestra experiencia del mundo resultará empobrecida y nuestra potencia de acción menguada. Mientras no busquemos implicarnos en nuestra propia historia con una aproximación más compleja seguiremos abandonando a Laura Alcoba con sus recuerdos de niña frente a una crueldad que le resulta tan obvia como inconcebible al pensarlos como adulta. Le seguiremos quitando, privándonos también nosotros, la posibilidad de pedir como adulta que todos nos hagamos partícipes de aquello que produjimos colectivamente.
Una de las formas más comunes, y reiteradas hasta el hastío, de soslayar las responsabilidades consiste en refugiarse en discursos genéricos, ya sea académicos o ideológicos, convirtiendo los temas más acuciantes y personales en lejanos y teóricos, de tal modo que, al mismo tiempo que hablamos permanentemente de ellos, podemos no decir absolutamente nada que nos afecte como personas aquí y ahora. El resultado es que así nos conformamos con diseñar una memoria complaciente, a medida, que es incapaz de recordar alguna experiencia que nos ponga en cuestión.
No queremos protegernos usando eufemismos o un lenguajeacadémico distanciado. Preferimos, al igual que Oscar del Barco, sentirnos responsables de haber apoyado el asesinato. Sin embargo, nos gustaría ir más allá –o tal vez deberíamos decir más acá, más cerca de la vida de todos los días- y reconocer también nuestra responsabilidad por la falta de cuidado que padecieron nuestros seres queridos, y por las innumerables veces que los pusimos en peligro. Cuando “guardábamos” a una persona buscada ocultándole a nuestras familias su pertenencia a una organización clandestina, o cuando disponíamos de coches legales de familiares para ser utilizados por las organizaciones, engañando a quien nos lo había prestado amorosamente, o pidiéndoles que nos guardaran bolsos repletos de armas o materiales comprometedores sin decir lo que contenían, cuando les exigíamos que nos escondieranen sus casas porque éramos buscados, mientras seguíamos arriesgándonos y arriesgándolos, sin su consentimiento. Muchas veces incluso incurrimos en esta loca desconsideración por motivos nimios como preservar una colección de libros o de periódicos del partido a sabiendas del riesgo que implicaba tener esos materiales.
Queremos también admitir nuestra responsabilidad por el trato que tuvimos con nuestros amigos, a los que les dimos la espalda por diferencias ideológicas –a veces apenas una coma en el programa de la organización o el grupo- y a los que no prestamos ayuda en momentos difíciles porque contradecían la línea dictada por la dirección. Y también respecto a esos amigos que simplemente nos querían hacer ver que si seguíamos así nos iban a matar, a secuestrar…y que nosotrosdespreciábamos por débiles, por cobardes, por su falta de compromiso.
Queremos recordar y reconocer la total falta de consideración, por no decir de escrúpulos, con que actuamos muchas veces y la prepotencia con la que tratamos no sólo a los que considerábamos enemigos, sino a los adversarios, e incluso a los aliados que pensábamos no nos prestaban suficiente atención.
Consideramos que es imprescindible aceptar que fuimos nosotros los que tratamos a las personas como “recursos” para una hipotética revolución y que admitimos y promovimos la idea de que la bondad de los supuestos fines justificaba la crueldad de los medios que usamos para imponerlos. Incluso tuvimos hijos a los que llegamos a pensar como hijos de la revolución y nos olvidamos de pensarlos como seres a los que traíamos al mundo “responsablemente” para proporcionarles algo más que la vida: el amor, la seguridad, el cuidado que cualquier niño – y en general cualquier persona - necesita.
De todas las responsabilidades que están ausentes del discurso de la memoria a las que procuramos darle voz en esta nota, la que más conmueve y nos interpela es la relacionada con los hijos de aquella militancia de los setenta. Hijos que no fueron protegidos porque sus padres siguieron adelante aún cuando ya se palpaba a todas luces la derrota; hijos que nacieron en los centros clandestinos, la mayoría de los cuales aún hoy siguen sin el derecho a saber de quiénes son hijos. Hijos que, como Laura Alcoba, padecieron una clandestinidad precoz y angustiosa. Hijos a los que sus padres dejaron en Cuba porque su compromiso con la revolución era más importante que la responsabilidad que sentían hacia ellos… y tantos otros hijos de militantes que crecieron sin identidad o sin infancia.
Creemos que si no somos capaces de asumir nuestra participación en la historia tal como la vivimos y no como se la decora en los rerpochables cuentos de hadas o en las sesudas conferencias, o bienintencionados discursos académicos, tampoco podremos nunca empezar a olvidar en paz, como querría Laura Alcoba y como, de un modo u otro, también necesitamos todos.
i Se puede leer en: http://www.elinterpretador.com.ar/15CartadeOscarDelBarco.htm
ii Se puede leer en: http://www.elinterpretador.com.ar/15CartadeDiegoTatian.htm
iii Se puede leer en http://www.elinterpretador.com.ar/15CartadeChristianFerrer.htm
v Se puede leer en http://www.aperturas.org/articulos.php?id=0000071&a=Kraft-Memoria-emocional-en-sobrevivientes-del-Holocausto-Un-estudio-cualitativo-de-testimonios-orales
IMPRESIONANTE es la primera frase que cruzo por todo mi cuerpo
El "no perdamos la memoria "tambien de las cosas que deberiamos responsabilizarnos,cuanto de cada uno de nosotros no esta dicho aún
Realmente me conmovio el relato